Bucólica desobediencia en la Calle San
Vicente de Paúl, en Zaragoza
(imagen
de la que no soy autor y no sé quién la tomó. Citaría a la persona artista…)
Hace
tres días, chispa más o menos, una amiga de Tauste me dijo “Buenos días… ¡la
nieve en primavera… algo bueno nos espera!” Así supe que había nevado en mi
pueblo y que era algo a arrostrar con optimismo. Estuvo bien.
Hogaño
vamos a pillar la primavera empezada. Y sí, hay algo bueno que esperar: mi Laura
parirá pronto a su hijo, mi primer nieto, Noah. Lo conoceré más adelante. A lo
mejor pueda tenerlo en mis brazos a la mediación de esta primavera tan extraña
que crece ahí afuera.
Cada
día es nuevo. Nunca, antes, hemos experimentado lo que nos viene. Es verdad que
ahora nos está tocando vivir cosas que, al menos por lo intempestivo y por lo
bestia, nos sorprenden y espantan. Y nos descolocan. Porque son excepcionales…
me viene a la cabeza el Decamerón. Lo leí, gracias a doña Matilde, con pocos
años, trece, quizá. Y recuerdo que me dejó doble solivianto su lectura, el
primero de ellos, muy grato, tenía que ver con ciertos despertares a lo
lúbrico. El segundo se refiere a la inquietud que me producía imaginar como
apodíctica una situación similar a la que Boccaccio relata, refiere o narra.
Uebos
me es decir que no quiero repetir o ser pesado hablando de lo que se habla, aunque
quiero añadir lo que se me antoje al respecto.
Por
ejemplo, que hace dos semanas, un pachucho de mi edad, decía que ahora seríamos
todos soldados. Lo hizo con sonrisa sardónica, gesto que no supe, ni sé,
interpretar, porque puede que nos mostrara, con guasa, que, lo quisiéramos o
no, todos habríamos de ser como él, es decir, personas que consideran que su
cometido es el de guerrear. Parecía feliz, mostrando un innumerable ornato de
chapitas en su guerrera (nótese el nombre de la prenda), como si nos hubiera
acorralado, como si no pudiéramos contradecirle. Y no, no es así, “quinto”: no soy
soldado. No quiero. No quise ser soldado ni lo fui (me costó lo mío
conseguirlo… “pero eso es otra historia”). A ver si tenemos claro que, para
evitar la enfermedad, no hace falta la soldadesca como tal (al fin y al cabo,
el soldado es, por definición, servidor de la guerra y, por ende, paladín de la
violencia… -de la guerra, como torpeza y fracaso y estupidez y degeneración de
los humanos declaradores de ella, ya hablaremos, si eso, otro día-). A ver si
tenemos claro que hacen falta otros saberes, actitudes e instrumentos; que nos
hacen falta conocimientos, acciones y rasmia pro-humanidad. No hay enemigo al
que vencer. Hemos de procurar no enfermar y hemos de curarnos, si enfermamos.
Qué estúpido lenguaje, el belicista.
Mi
amigo Josemari me llamó ayer. Me gustó mucho. Cuando me llama Josemari, suena
en mi teléfono Take Five, de Dave Brubeck., porque le gusta mucho a él esa
pieza y yo la he seleccionado como la suya, la que suena cuando él me llama.
Ayer no, porque había quitado el sonido. Ayer lo cogí porque lo vi sonar. Me llamó, entre otras cosas, para decirme que se había muerto el
bueno de Paco. El amigo Paco: no pudo superar la enfermedad provocada por el
virus CoVi-19. La última vez que sonó Take Five en mi teléfono, también es
casualidad, estaba con Paco, y con Maribel y Lourdes, en el Berroy. Había
quedado con Josemari allí. Entró y, como no me vio, me llamaba. Y yo al lado. Y
me despedí de Paco emplazándole a ir a Málaga juntos para enseñársela bien, que
dijo que le había gustado pero que le faltaron cosas… y ya llevaré a Maribel, a
Paco, no.
Ahí
enfrente, en la otra parte de la calle a la que dan mi puerta y mi balcón, hay
una residencia, de las de la tercera edad, en la que Jesús, uno de mi pueblo,
me dijo hace unos meses que se había venido a vivir. ¿Qué será de él? Ahí
también trabaja gente a la que aplaudir a las ocho de la tarde.
Saldremos
de este lío. La adaptación es la supervivencia. Veremos cómo. Me gustaría que
lo hiciéramos con despacio, es decir, con sosiego y parsimonia. Con humildad y
aspirando a la paz, a la felicidad de todos. Con sabiduría, habiendo aprendido,
por una vez, de algo, de una desgracia. Pensando en Shibu, mi amigo de Kochi, en Kerala,
y en tantos humanos pisoteados por otros humanos. Con consciencia y conciencia.
Ya veremos.
Bueno,
hoy he hablado mucho. Claro, hacía tanto que no lo hacía… Dispensad. Ya hablaré
menos, y de otras cosas, mañana o pasado mañana.