DIGNIDAD

lunes, 31 de marzo de 2014

CÓMO DECIRLO...



Los fabricantes de teléfonos móviles tendían a hacerlos cada vez más pequeños. De eso no hace tanto. Hoy ha cambiado la cosa, no sé desde cuándo ni por qué. Ahora parecen entostas. Hace unos meses adquirí un terminal. Elegí el que elegí, y no otro, por las causas siguientes: la primera, porque, más o menos, lo necesito; la segunda, que el anterior, pequeñico, ya había dado todo de sí; la siguiente, que pretendía que su tamaño fuera suficiente para poder obtener lo que ofrecen hoy en día estos artilugios, sin gafas; otra razón, que su precio fuera razonable, no me seducen a mí las ostentaciones, ni por marcas ni por precios. Finalmente, y este motivo ya tenía ganas de darlo a conocer, quería que su sistema operativo no fuera Android. Muchas personas, entendidas algunas y legas otras, han mostrado extrañeza, tratando de convencerme con que es el más extendido de los sistemas usados. No decidí por motivos que obedecieran a entendimiento sobre software o similares, no. Sólo me he basado en algo que para mí tiene entidad suficiente: esa palabra, “Android”, se viene usando para dar a entender algo relativo a lo humano y que significa, en origen, en griego, de forma de hombre. Varón. Así que lo rechacé porque no me gusta el cariz machista que tiene esa expresión.

También hace poco, algo más que lo de los móviles, entre los progres y los hippies se tenía a gala, y aun se propugnaba, consumir lo necesario e imprescindible. No ser “consumista”. Ahora se nos quiere convencer de que sólo consumiendo podremos salir del pozo, ruina en la que nos ha sumido la estafa del capitalismo. Lo dicen hasta los hasta hace poco “anticonsumistas”. Yo creo que no, que funcionará todo mejor cuando aprendamos a consumir realmente. Entonces se reactivarán las economías y tendrán solidez y estabilidad, porque se basarán en lo real, no en lo especulativo. Esto no es una iluminación “bíblica”, es como vive hace mucho un tal Pierre Rabhi, pudiéndose leer sus postulados y experiencia en “Hacia la sobriedad feliz”.